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Londres (parte 1)

“La ciudad que vive con miedo”, “La ciudad llena de inmigrantes” o “Una imagen de Chile en Europa”, eran tres posibles títulos a este texto, pero luego pensé que darían una imagen equivocada de lo que Londres es, al tratar como absolutas características puntuales.

Continuamos nuestro camino por los pasillos un poco desconcertados, quizás era la primera vez que veíamos policías con rifles de semejante tamaño y menos en un lugar tan transitado como un aeropuerto. Y sumado a la cálida bienvenida recibida minutos atrás por el oficial de inmigración, me hacían presentir que algo pasaba en la ciudad.

Quienes me conocen, saben que no me gusta el inglés, su pronunciación no sigue ninguna lógica si lo comparas con idiomas como el español o el alemán. A pesar de eso, lo leo muy bien y logro esbozar un par de párrafos, pero no lo hablo para nada, menos cuando cada dos palabras se te escapa una en alemán. Así como yo, estaban varios integrantes del grupo con el que viajé.

“¿Y a qué vienen ustedes acá?”—Nos interroga el oficial de inmigración del aeropuerto. “Así que estudian en Alemania ¿Entonces qué hacen acá? ¿No deberían estar estudiando?”. Luego de enseñarle algunos papeles y la cantidad de efectivo que llevábamos, nos deja ingresar al país. Los comentarios sobre lo sucedido no se hicieron esperar.

“No, es que estaba pensando… Que en volá, no debí haber venido”—comenta un amigo al poco tiempo de abordar el tren, y no era para menos ya que fue bastante duro el golpe al bolsillo de la conversión Euros-Libras sumado a la tarjeta Oyster y los pajes ida-vuelta en tren. En sólo un par de minutos habíamos gastado mucho dinero y aún no perdíamos de vista el aeropuerto Stanted.

Poco a poco al recorrer, comenzamos a comprender la actitud del oficial de inmigración y el porqué de tantos policías armados en todos lados, bueno más que comprender, a aceptar. Era demasiada la sensación de intranquilidad en la ciudad, cámaras por todos lados -incluso dentro de locales de comercio y comida rápida- y afiches que incitaban la denuncia ante la policía de aquél que luzca sospechoso, te sometían a comportarte con una naturalidad forzada. Las sirenas de los servicios de emergencias también querían tomar parte en la contaminación acústica de las calles: no pasaban 60 minutos sin que alguna se hiciera escuchar.

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